Economía / Logística
Zaragoza, la ciudad que aprendió a vivir de estar en medio
A trescientos kilómetros de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao, la capital aragonesa ha convertido su posición en una industria: almacenes, trenes de mercancías, coches eléctricos y baterías.
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- Redacción · Economía
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Basta mirar un mapa para entender Zaragoza. La quinta ciudad de España, con cerca de 680.000 habitantes, está situada a unos trescientos kilómetros de Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao. Durante siglos esa posición fue sobre todo un cruce de caminos. En las últimas dos décadas se ha convertido en un modelo económico: si una mercancía tiene que llegar en un día a casi cualquier punto del norte y el centro peninsular, tiene sentido que pase por el valle del Ebro.
El resultado se ve desde la autovía. Kilómetros de naves de cubierta blanca, aparcamientos de camiones, apartaderos ferroviarios y, cada vez más, parques solares y aerogeneradores en las lomas. Zaragoza no tiene puerto de mar, pero se comporta como si lo tuviera.
Una plataforma del tamaño de un barrio
La pieza central es PLAZA, la Plataforma Logística de Zaragoza, impulsada por el Gobierno de Aragón a comienzos de este siglo junto al aeropuerto. Con más de doce millones de metros cuadrados, figura entre los mayores recintos logísticos de Europa. Allí se instaló en los primeros años uno de los centros de distribución más conocidos del país, el de Inditex, desde el que el grupo textil reparte prendas a tiendas de medio mundo, y tras él llegaron operadores de transporte, distribuidores de alimentación, fabricantes de componentes y empresas de comercio electrónico.
El aeropuerto de Zaragoza completa el esquema. Con un tráfico de pasajeros modesto, se ha situado sin embargo entre los primeros del país en carga aérea, gracias sobre todo a los vuelos que salen cargados de ropa hacia América y Asia. Es una de esas cifras que sorprenden a quien conoce la ciudad solo por la basílica del Pilar.
Zaragoza no tiene puerto de mar, pero se comporta como si lo tuviera.
El tren como ventaja
La otra mitad del sistema es ferroviaria. La Terminal Marítima de Zaragoza conecta por tren con los puertos de Barcelona, Valencia y Bilbao, de modo que un contenedor que desembarca en la costa puede llegar al interior sin pasar por la carretera y recibir allí el tratamiento aduanero. Para las empresas, eso significa costes más bajos y menos dependencia del camión; para la ciudad, la posibilidad de presentarse como un puerto seco del que salen y llegan mercancías de todo el mundo.
El sector reclama desde hace años más inversión en el corredor ferroviario que une el Mediterráneo con el Cantábrico a través del Ebro, y en vías preparadas para trenes de mercancías más largos. Es una de las reivindicaciones que más unanimidad generan entre empresarios, sindicatos y administraciones aragonesas.
Del Corsa a la batería
La logística no es el único motor. En Figueruelas, a pocos kilómetros de la capital, funciona desde 1982 la fábrica de automóviles que nació con General Motors y Opel y que hoy pertenece a Stellantis. Ha producido millones de coches, con el Opel Corsa como modelo emblemático, y alrededor de ella ha crecido una red de proveedores que da empleo a miles de personas en la comunidad.
En diciembre de 2024, Stellantis y el fabricante chino CATL anunciaron la construcción junto a esa planta de una fábrica de baterías de litio-ferrofosfato, con una inversión de hasta 4.100 millones de euros. El proyecto es una apuesta por mantener la industria del automóvil en Aragón durante la transición al coche eléctrico, en un momento en que Europa intenta no depender por completo de las baterías fabricadas en Asia.
Energía, datos y una pregunta pendiente
El tercer ingrediente es la energía. Aragón dispone de viento, sol y suelo, y se ha convertido en una de las comunidades con más potencia renovable instalada de España. Esa abundancia, unida a la disponibilidad de terreno y agua, explica el interés de las grandes tecnológicas por instalar centros de datos en la comunidad, un fenómeno que esta revista ya ha analizado y que convierte a la región en candidata a nodo digital del sur de Europa.
La combinación tiene, sin embargo, sus tensiones. Las naves logísticas generan mucho empleo en su construcción y en la operación, pero buena parte de él es de baja cualificación y está expuesto a la automatización. Los parques renovables y los centros de datos despiertan recelos en los pueblos por el uso del suelo y del agua. Y la ciudad debe demostrar que puede retener a los ingenieros y técnicos que la nueva industria necesita, en lugar de formarlos para que trabajen en Madrid o Barcelona.
Lo que dejó la Expo
Muchos zaragozanos sitúan el punto de inflexión en la Exposición Internacional de 2008, dedicada al agua y el desarrollo sostenible. Aquel evento trajo el tren de alta velocidad consolidado, nuevos puentes, la recuperación de las riberas del Ebro y una autoestima urbana que la ciudad no siempre había tenido. Parte de sus edificios tardó años en encontrar uso, y el debate sobre el legado de la Expo sigue abierto, pero pocos discuten que cambió la manera en que la ciudad se veía a sí misma.
Casi dos décadas después, Zaragoza ha encontrado una identidad menos vistosa y más sólida: la de lugar por el que pasan las cosas. No es la ciudad más grande ni la más famosa, pero en la economía española del almacén, el tren y la batería, estar en medio se ha convertido en una ventaja difícil de copiar.
Redacción · Economía
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