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El agua que no vuelve: la sequía obliga a España a repensar cómo reparte su recurso más escaso

Las restricciones de los últimos años en Cataluña y Andalucía dejaron campanarios al descubierto en los embalses y una pregunta incómoda: si el país puede seguir gestionando el agua como si las lluvias fueran a volver siempre.

Texto
Redacción · Clima
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Barcelona
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Embalse con el lecho agrietado y las ruinas de un campanario al descubierto
Un embalse en niveles mínimos deja a la vista las ruinas de un antiguo pueblo.

En los peores meses de la sequía que afectó a Cataluña entre 2023 y 2024, el campanario de Sant Romà, en el embalse de Sau, volvió a convertirse en una postal. La iglesia de un pueblo inundado a principios de los años sesenta emergía casi entera del agua, rodeada de tierra agrietada. La imagen se repitió en otros pantanos de la península y se convirtió en el símbolo de una crisis que llevó a la Generalitat a declarar la emergencia en el área de Barcelona y a imponer restricciones a millones de personas.

Las lluvias posteriores aliviaron la situación, pero los hidrólogos insisten en que no conviene confundir el final de una sequía con el final del problema. Los modelos climáticos para la península ibérica coinciden en una tendencia: menos precipitación media en buena parte del territorio, más irregularidad y temperaturas más altas que aumentan la evaporación. El agua que cae, además, llega cada vez más concentrada en episodios torrenciales que los embalses no siempre pueden retener.

Un país de presas

España construyó a lo largo del siglo XX una de las redes de embalses más densas del mundo, con más de mil grandes presas. Ese sistema permitió transformar la agricultura y abastecer a ciudades en crecimiento, pero se diseñó para un clima que ya no es exactamente el actual. Hoy la capacidad de almacenamiento sigue siendo enorme; lo que falta, en los años secos, es agua con la que llenarla.

El reparto es el otro gran debate. El regadío consume en torno a tres cuartas partes del agua disponible en el país y es, al mismo tiempo, un pilar económico de regiones enteras. Las organizaciones agrarias recuerdan que la modernización de los riegos ha reducido mucho el consumo por hectárea; los ecologistas responden que esa eficiencia se ha usado a menudo para ampliar la superficie regada, de modo que el consumo total no baja.

El final de una sequía no es el final del problema: es solo una pausa antes de la siguiente.

Doñana, el aviso

Ningún lugar resume mejor la tensión que Doñana. El acuífero que alimenta el humedal más emblemático de Europa lleva años sobreexplotado por extracciones, muchas de ellas ilegales, y varias de sus lagunas permanentes se han secado en los últimos veranos. La Comisión Europea y la UNESCO han advertido repetidamente sobre su estado, y el Tribunal de Justicia de la UE llegó a condenar a España por no protegerlo adecuadamente.

Las nuevas fuentes

En la costa mediterránea, la desalación ha dejado de ser una alternativa de emergencia para convertirse en parte estructural del abastecimiento. La planta del Llobregat, una de las mayores de Europa dedicadas al consumo urbano, fue clave durante la última sequía. La reutilización de aguas depuradas para riego y usos industriales también avanza, aunque sigue muy por debajo de su potencial.

Ninguna de estas soluciones es gratuita: desalar requiere mucha energía y reutilizar exige inversiones en depuración y redes. Pero la alternativa —esperar a que vuelva a llover— ya ha demostrado sus límites. El agua, coinciden los expertos, será uno de los grandes temas políticos de la próxima década, y el país haría bien en discutirlo antes de la siguiente emergencia, no durante ella.

Los expertos subrayan que la próxima sequía llegará, y que la diferencia entre una crisis y un problema gestionable dependerá de las inversiones que se hagan antes: depuración, reutilización, desalación con energía renovable y una red que pierda menos agua por el camino.

El campo, que consume la mayor parte del agua del país, está en el centro de ese debate: la modernización del regadío ahorra recursos, pero no siempre reduce el consumo total.

Redacción · Clima

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