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La España vacía ya no es un eslogan: es un mapa que se sigue ensanchando

Más de la mitad de los municipios del país tiene menos de mil habitantes. La despoblación ha entrado en el Congreso, en los presupuestos y en el lenguaje político, pero el éxodo hacia las ciudades no se ha detenido.

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Redacción · Política
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Teruel
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Calle de piedra vacía en un pueblo de montaña con un vecino caminando al fondo
Una calle de un pequeño municipio del interior a última hora de la tarde.

A las siete de la tarde, en buena parte del interior peninsular, las calles tienen el silencio de una casa en la que ya no vive nadie. No es una imagen literaria: es la consecuencia de seis décadas de un movimiento demográfico que vació los pueblos para llenar Madrid, Barcelona, Valencia y la costa. Lo que en los años sesenta fue éxodo rural es hoy una estructura: un país con más de 8.100 municipios, de los que cerca de seis de cada diez no alcanzan los mil habitantes.

Los demógrafos llevan años advirtiendo de que el dato que importa no es tanto el número de habitantes como su edad. Cuando la mayoría de los vecinos supera los 65 años, el saldo vegetativo deja de ser una estadística y se convierte en un calendario. En muchas comarcas de Soria, Teruel o Cuenca, la densidad de población cae por debajo de los diez habitantes por kilómetro cuadrado, el umbral que la Unión Europea utiliza para hablar de riesgo demográfico severo.

De la pancarta al escaño

Durante mucho tiempo la despoblación fue un asunto de reportajes de verano. Eso cambió en 2019, cuando una plataforma ciudadana nacida en Teruel obtuvo representación en el Congreso de los Diputados con un mensaje sencillo: existimos. Desde entonces, la llamada España vaciada ha pasado a formar parte del vocabulario institucional, con ministerios que incorporan el reto demográfico a su nombre y fondos europeos con partidas específicas.

La pregunta que se hacen hoy alcaldes y técnicos es si ese reconocimiento político se ha traducido en algo tangible. Las respuestas varían según a quién se pregunte, pero coinciden en un punto: los planes llegan, los servicios se van. Una sucursal bancaria que cierra, una línea de autobús que reduce frecuencias o un consultorio médico que pasa de abrir a diario a hacerlo dos veces por semana pesan más en la decisión de una familia que cualquier estrategia nacional.

Los planes llegan, los servicios se van: esa es la ecuación que repiten los alcaldes del interior.

Teletrabajo, la promesa a medias

La pandemia alimentó la esperanza de un regreso al campo. Algunos pueblos con buena conexión a internet y a menos de dos horas de una gran ciudad ganaron vecinos, y las solicitudes para alquilar casas en zonas rurales se multiplicaron durante unos meses. Pero los estudios posteriores dibujan un fenómeno selectivo: se ha repoblado lo que ya estaba cerca, mientras el interior profundo apenas ha notado el cambio.

La fibra óptica, además, no basta. Quien se instala en un pueblo con hijos necesita una escuela abierta, quien envejece necesita un centro de salud y quien emprende necesita algo tan prosaico como una carretera en buen estado. Los municipios que han conseguido estabilizar su padrón suelen combinar tres factores: vivienda disponible a precios razonables, algún empleo local que no dependa solo de la agricultura y una red mínima de servicios públicos.

La vivienda que sobra y la que falta

La paradoja es conocida: mientras las grandes ciudades sufren una escasez crónica de vivienda asequible, en el medio rural miles de casas permanecen cerradas. Muchas pertenecen a herederos que viven lejos y no tienen incentivos para rehabilitarlas ni alquilarlas. Algunas diputaciones han lanzado bolsas de vivienda y ayudas a la rehabilitación con resultados desiguales, pero el consenso entre los expertos es que el mercado, por sí solo, no va a resolver el desajuste.

El mapa de la despoblación no es un destino escrito. Es el resultado de decisiones —sobre dónde se invierte, qué servicios se mantienen y qué se considera rentable— y, por tanto, puede cambiar con otras decisiones. Lo que está en juego no es la nostalgia de un paisaje, sino algo más concreto: si vivir en un pueblo seguirá siendo, dentro de veinte años, una opción real para quien quiera elegirla.

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